¿Cuál es el propósito de una teoría del significado? La respuesta es inmediata: el propósito de una teoría del significado es el de determinar con rigurosidad y exactitud el significado de las expresiones lingüísticas de un lenguaje específico. Hasta aquí –confío– todos estamos de acuerdo. El desacuerdo comienza cuando respondemos la pregunta ‘¿Cómo se lleva a cabo este propósito?’ Según la semántica filosófica de mi preferencia, la respuesta –muy esquemáticamente– es la siguiente: la determinación del significado de un lenguaje L se logra por medio de la asignación sistemática de ciertas entidades a las expresiones lingüísticas de L. Estas entidades son llamadas el contenido semántico de dichas expresiones y se relacionan entre sí de maneras específicas formando proposiciones. Las proposiciones, a su vez, son el tipo de entidad que una teoría del significado le asigna a las oraciones de L. En otras palabras, el significado de una oración de L es la proposición que dicha oración expresa.
Obviamente, las cosas son mucho más complicadas que lo que esta breve respuesta describe. Sin embargo, creo que la descripción es fundamentalmente correcta. Como ya mencioné, no todos están de acuerdo con esta aproximación semántica. De todas las objeciones que se han formulado en contra de este programa filosófico, hay una que uno escucha con frecuencia en ciertos círculos. La objeción es más o menos la siguiente: ‘Explicar un fenómeno F consiste, entre otras cosas, en relacionar F con algún elemento E que nos es más claro que F. Sabemos muy bien qué son y cómo se comportan los elementos que conforman los lenguajes naturales. Sin embargo, no sabemos qué son exactamente las proposiciones: no sabemos si existen o no, no sabemos de qué están hechas, no sabemos qué es lo que mantiene unidos los elementos que las componen, etc. En breve, no sabemos cuáles son sus condiciones de identidad (para usar la jerga Quineana). Por lo tanto, una teoría que hace uso de proposiciones a fin de explicar el significado de las oraciones de un lenguaje L traiciona el propósito mismo de la explicación y, por ende, está condenada al fracaso.’
Creo que esta objeción es inadecuada. Estoy de acuerdo con que no sabemos qué son exactamente las proposiciones. A pesar de haber teorías interesantes sobre la naturaleza de las proposiciones, el desacuerdo permanece. No obstante, de esto no se sigue que una teoría del significado que haga uso de proposiciones esté condenada al fracaso. Creo que la objeción confunde dos problemas distintos que son independientes entre sí:
(1) El problema de la construcción efectiva de teorías formalmente correctas y empíricamente verificables que den cuenta del significado de las expresiones lingüísticas de L, y
(2) El problema metafísico del estatus ontológico de las proposiciones y del significado en general.
Creo que uno puede lograr avances importantes en (1) sin necesidad de resolver (2). El paralelo con las matemáticas es ilustrativo: uno no necesita tener una teoría filosófica sofisticada sobre el estatus ontológico de los números antes de probar teoremas importantes en aritmética. Los avances en matemáticas no dependen de la resolución del problema metafísico de la naturaleza de los números. De igual manera, el poder explicativo de una teoría del significado que emplea proposiciones no depende de la resolución del problema metafísico de la naturaleza de las proposiciones, sino de la universalidad de sus principios y de la exactitud de sus predicciones.
